El derviche y la muerte

Junio 5, 2019

PRIMERA PARTE

Inicio este relato mío por nada, sin ningún provecho para mí ni para los demás, por una necesidad más fuerte que el provecho y la razón, para que de mí quede mi propia memoria, el tormento escrito sobre la conversación conmigo mismo, con la remota esperanza de que alguna solución se encontrase a la hora de hacer cuentas, si es que se hicieren, al dejar la huella de tinta sobre este papel que me espera como un desafío. No sé qué es lo que será anotado aquí, pero en los ganchos de las letras se quedará algo de lo que estaba ocurriendo en mis adentros sin desaparecer en los torbellinos de la niebla como si no hubiera existido o como si yo no supiera qué fue lo sucedido. Así podré ver cómo he ido cambiando, podré ver ese asombro que desconozco, y me parece asombro porque no siempre fui lo que soy ahora. Estoy consciente de que escribo de manera confusa, mi mano tiembla por el desenlace que me aguarda,por el juicio que estoy empezando, en el cual soy todo: juez, testigo y acusado. Voy a ser todo tan honestamente como pueda, como cualquiera podría, porque comienzo a dudar de que la sinceridad y la honestidad sean lo mismo. La sinceridad es la convicción de que uno dice la verdad (¿y quién puede estar convencido de ello?), mientras que honestidades hay muchas y, entre sí, no concuerdan.

Mi nombre es Ahmed Nurudin.1 Me lo dieron y yo lo tomé con orgullo, pero ahora pienso en él con asombro y a veces con sorna, tras una larga serie de años que se me pegaron como la propia piel, porque la luz de la fe es una soberbia que yo ni siquiera había sentido y ahora me da, incluso, un poco de vergüenza. ¿Qué luz soy yo? ¿Qué es lo que me ilumina? ¿Conocimiento?, ¿un saber superior?, ¿un corazón puro?, ¿un camino correcto?, ¿el no dudar? Todo se pone en duda y ahora soy sólo Ahmed, ni sheij ni Nurudin. Todo se desprende de mí, como vestimenta, como coraza, y queda lo que hubo antes de todo, la piel desnuda y el hombre desnudo.

Tengo cuarenta años, una edad fea: todavía se es joven para tener deseos, pero ya viejo para realizarlos. Es cuando en todo hombre se apagan las inquietudes y se refuerzan los hábitos y la seguridad adquirida para la impotencia venidera. Y yo apenas estoy haciendo lo que debí hacer hace mucho, cuando el cuerpo rebosaba lozanía, cuando el sinfín de caminos era bueno y todas las equivocaciones resultaban tan útiles como las verdades. Qué lástima que no tenga diez años más, porque la vejez me libraría de rebeliones, o diez años menos, pues me daría igual. Porque treinta años es juventud, lo creo ahora cuando me he alejado de ella irremediablemente, la juventud que no teme a nada, ni siquiera a sí misma.

Dije una palabra extraña: rebelión. Y detuve la pluma sobre el renglón uniforme donde quedó impresa una duda, demasiado fácilmente pronunciada. Por primera vez llamé a mi pena de esta manera, pero nunca antes pensé en ella, ni la llamé con ese nombre. ¿De dónde vino esa palabra peligrosa? Y, ¿es sólo una palabra? Me pregunto si no sería mejor parar esta escritura para que todo no resulte aún más difícil de lo que es. Porque si ella, por vías inexplicables, saca de mí incluso lo que no quería decir, lo que no era mi pensamiento, o es mi pensamiento desconocido que se ocultaba en la oscuridad de mi ser, apresado por la excitación, por el sentimiento que ya no me obedece, si todo es así, entonces la escritura es una exploración implacable, la obra de Shaitán,2 y tal vez sería mejor quebrar este cálamo con la punta cuidadosamente cortada, vaciar el divit3 sobre la losa ante la tekia4 para que la mancha negra me recuerde que jamás debo acudir a esa magia que despierta a los malos espíritus. ¡Rebelión! ¿Es sólo una palabra o un pensamiento? Si es pensamiento, entonces es mi pensamiento o mi equivocación. Si es equivocación, pobre de mí; si es verdad, pobre de mí aún más.

Pero yo no tengo otro camino, no puedo decírselo a nadie excepto a mí mismo y al papel. Por esto sigo trazando los renglones imparables de derecha a izquierda, de un borde abismal al otro, de un pensamiento abismal al otro, en largas hileras que quedarán como testimonio o acusación. ¿Acusación de quién? Dios todopoderoso, tú que me abandonaste al mayor tormento humano, el de entretenerse consigo mismo, ¿de quién?, ¿contra quién? ¿Contra mí o contra los demás? Ya no hay salvación, esta escritura es tan inevitable como vivir o morir. Será lo que debe ser y es mi culpa ser lo que soy, si es que hay culpa en ello. Me parece que todo está cambiando radicalmente, todo en mí está temblando desde el cimiento mismo, y el mundo se bambolea conmigo, porque si dentro de mí está el desorden, también él carece de orden, no obstante, lo que está ocurriendo ahora y lo que ya pasó se deben a una misma razón: yo quiero y debo respetarme a mí mismo. Sin eso, no tendría fuerzas para vivir como hombre. Tal vez resulta ridículo, fui hombre con lo de ayer y quiero ser hombre con lo de hoy, uno diferente, quizás opuesto, pero eso no me preocupa, porque el hombre es cambio y es malo no obedecer a la conciencia cuando aparece.

Soy sheij de la tekia de la orden mevlevi, la más numerosa y más pura, y esta tekia donde vivo se encuentra a la salida de la kasaba,5 entre las negras y grises cañadas que tapan la extensión del cielo dejando sólo un tajo azul encima, como una caridad mezquina y un recuerdo de la vastedad del cielo de la infancia. No me gusta ese recuerdo remoto, me atormenta cada vez más como una posibilidad desperdiciada, aunque ignoro cuál. Comparo de manera completamente confusa los bosques frondosos encima de la casa paterna, los campos y plantaciones frutales en torno a la laguna, con el desfiladero en el que estamos atrapados la tekia y yo, y me parece que hay muchas similitudes entre ese estrechamiento dentro de mí y el de mi alrededor.

La tekia es bonita y espaciosa, suspendida sobre el riachuelo que se abre paso a través de la piedra desde las montañas, con un jardín y una rosaleda, con una pérgola sobre la veranda y una larga divanhana6 cuyo silencio, suave como algodón, es aún más tenue por el diminuto gorgoteo del riachuelo de abajo. La casa, el antiguo harem de sus antepasados, fue donada a la orden por el rico Alija Džanic´ para que fuera un lugar de encuentro de los derviches y el refugio de los pobres, «porque ellos son los que traen el corazón roto». Con rezos e incienso hemos lavado el pecado de esta casa y la tekia adquirió la fama de un lugar sagrado, a pesar de que no logramos ahuyentar por completo las sombras de las mujeres jóvenes. A veces parecía que se paseaban por los aposentos despidiendo sus aromas.

Todos sabían, por eso no lo escondo —de otra manera esta escritura sería una mentira de la que tendría conocimiento (ya que de la mentira que se desconoce, con la que uno engaña inconscientemente, nadie es culpable)—, que yo era la tekia y su fama y su santidad, su cimiento y su techo. Sin mí, ella hubiera sido una casa de cinco aposentos, igual a las demás, pero conmigo se volvió el baluarte de la fe. Era la defensora y protectora de la kasaba frente a los males conocidos e ignorados, porque más allá no había otras casas. Los espesos mušepci7 y la pared gruesa alrededor del jardín hacían nuestra soledad aún más firme y segura, pero la puerta siempre estaba abierta para que entrara todo aquel que necesitaba consuelo y expiación de pecado, y nosotros recibíamos a las personas con una palabra cálida, a pesar de que escaseaban más que los infortunios y mucho más que los pecados. No soy soberbio por ese servicio mío, aunque es un verdadero servicio a la fe, sincero y total. Consideraba mi deber y fortuna protegerme a mí y a los demás del pecado. A mí mismo también, es vano ocultarlo. Los pensamientos pecaminosos son como el viento, ¿quién va a detenerlos? Y no creo que éstos sean un gran mal. ¿En qué consistiría la religiosidad si no hubiera tentaciones que dominar? El hombre no es Dios y su fuerza radica justamente en dominar su naturaleza, así solía pensar, y si no tiene nada que dominar, ¿en qué consiste el mérito? Ahora lo pienso de otra manera, pero no debo mencionar lo que ha de venir a su tiempo. Habrá tiempo para todo. Sobre las rodillas tengo el papel que tranquilo espera recibir mi carga sin que yo me hubiese liberado de ella ni él mismo la sintiera; me aguarda una noche larga, sin sueño, y muchas largas noches más. Tendré tiempo para todo, haré todo lo que debo para acusarme y defenderme. No hay prisa, porque me doy cuenta de que existen cosas de las que puedo escribir ahora, y después, tal vez, nunca más. Cuando llegue la hora y el deseo de decir otras cosas, será su turno. Siento que están apiladas en los almacenes de mi cerebro y tiran una de otra porque están vinculadas, ninguna vive sólo para sí y, sin embargo, hay cierto orden en ese alboroto y siempre una de ellas, no sé cómo, salta por entre las demás y sale a la luz para mostrarse, para azotar o consolar. A veces se empujan, arremeten una contra la otra, impacientes, como si temieran no ser pronunciadas. Despacio, hay tiempo para todo, me lo he dado a mí mismo; un juicio tiene careos y testimonios, yo no voy a evadirlos y al final seré capaz de llegar a mi propia sentencia, porque se trata sólo de mí, de nadie más, sólo de mí. El mundo se volvió de repente un secreto para mí, así como yo llegué a serlo para él; nos paramos el uno frente al otro, nos miramos con sorpresa, no nos reconocemos, ya no nos entendemos.

Notas

recientes

-III Premio de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas

El III Premio Literario de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas tiene como objetivo fomentar las expresiones

ciudadesiberoamericanas.org | Jun 3, 2019

Libros

relacionados

el-derviche-y-la-muerte

El derviche y la muerte

Mesa Selimovic